Ayer me dí cuenta de repente que llevo un mes protestando de la Navidad.
Mi discurso sobre la hipocresia que se derrocha en estas fechas me cansa a mí misma; me he negado a poner el arbol; le he hecho la guerra a Papá Noel y al color rojo; mi madre se ha quedado esperando a que fuera a poner el Belén y las pobres ovejitas no han correteado por el serrín; a estas alturas con los Reyes llegando no he comprado regalos y lo que es peor, no tengo una botella de anís en casa.
Creo que este comportamiento se debe a mi condición innata de rebelarme contra todo lo que sea impuesto por decreto ley; hace años que no asisto a una fiesta de Nochevieja y no soporto el besuqueo constante de gente que es encantadora solo en estas fechas, el resto del año te ven por la calle y ni te saludan.
El otro día me desearon felicidades y contesté muy "borde " que yo no felicitaba a nadie. En ese momento se hizo la luz y me ví a mí misma convertida en un autentico Mr. Scrooge....y no en uno cualquiera.... yo era el auténtico y único Mr Scrooge.
Entonces me visitó el fantasma de las Navidades pasadas y me acordé de lo que me encantaba la llegada de estas fiestas y de lo que disfrutaba en ellas; y me imaginé como serían las Navidades futuras ...¡que horror!, amargada por negarme a la obligatoriedad de pasarlo bien, ¡que tonteria!.
Por eso he tomado la decisión de aceptar todas las felicitaciones de me quieran dar.
Al fín y al cabo la felicidad no es más que una condición interna de satisfacción y alegría, y el hecho de que te la deseen es en sí algo muy pero que muy bonito.